Es una cuestión que va mucho más
allá de la subjetividad individual, aunque por inevitable la subjetividad no
hay más remedio que aceptarla...
Creo que la sociedad de occidente de
alguna manera ha enloquecido. Enloquecer es perder una persona el juicio, la
razón, la sensatez. Pero ¿qué son el juicio, la razón, la sensatez? Tres
palabras que a su vez piden definición. Por lo que una de dos, o nos atenemos
al significado más académico y filológico que supondría un acuerdo universal
sobre lo que es juicio, razón y sensatez, o inventamos nuevos significados para
las tres palabras. En todo caso se supone que juicio, razón y sensatez sería el
modo de razonar de la inmensa mayoría de acuerdo a la diagnosis de un
psiquiatra. Pero resulta que esto también es cambiante. Foucault, en su obra
“La historia de los hombres infames” refiere multitud de casos de pérdida de la
razón registrados en las Casas de Salud francesas. Pondré ahora dos ejemplos de
lo que en aquellos tiempos se entendía por locura:
“Mathurin de Milan, ingresó en el Hospital de Charenton el 31 de agosto de
1707:
“Su locura consistió siempre en
ocultarse de su familia, en llevar una vida oscura en el campo, tener pleitos,
prestar con usura y a fondo perdido, en pasear su pobre mente por rutas
desconocidas, y en creerse capaz de ocupar los mejores empleos”.
En los historiales de Saint-Lazarese se habla
de un hombre que fue encerrado por haber declarado “empleando un tono profético, que la misa no es un sacrificio, sino un
sacramento”.
La equivalencia entre fanatismo y
locura que permitían encerrar sin juicio a los “culpables” en casa de internamiento”
es toda una antología acerca del binomio locura/cordura en todos los tiempos.
También los de ahora en muchos casos particulares en los que previo juicio, eso
sí, se encierra no en Centros para locos sino en la cárcel, a ciudadanos que no
se expresan según el “razonar” de algunos jueces y psiquiatras. La cuestión es
que la razón, la cordura y la locura dependen de la época en que se consideren
y de quienes se arroguen el derecho a interpretarlas y definirlas…
Llegado a este punto y puesto que
hablamos de razón, cordura y desvarío, estamos en tiempos en que las palabras y
los hechos dimanantes de los poderes públicos y de las nuevas tecnologías,
parapetados en una pandemia planetaria, están virando los significados. Y al
igual que en los ejemplos citados, el vocabulario de muchos de ellos tanto en el
“habla” del derecho, de la medicina tan cercana a la vida cotidiana por efecto
de la pandemia y de las nuevas tecnologías han sufrido un vuelco que,
permítaseme la expresión, pone patas arriba las entendederas de gran parte de
la sociedad. Y no sólo el “habla”, sino también los mecanismos interpretativos
del derecho y de su práctica “normal”. En la práctica, por ejemplo, los
contratos bilaterales entre particulares y empresas de servicios de distintas
clases, desde las plataformas televisivas hasta los contratos de seguro, poco a
poco se están convirtiendo ladinamente en contratos de adhesión, como lo son en
la práctica los del suministro de bienes básicos, como el agua y la luz.
De modo que al hilo de la palabra
“enloquecer” es preciso ponerse antes de acuerdo sobre la definición y sentido
de los vocablos juicio, razón y sensatez, que encajen en ese nuevo paradigma
envuelto en lo llamado “reseteo” o “nuevo orden mundial” y de paso se vayan
alojando en el discernimiento de los jueces.
Desde luego, por todo lo dicho,
debemos ser no ya millones sino miles de millones en el planeta quienes no
entendemos nada de lo que sucede y nos sucede cada día en cuanto traspasamos
las paredes de nuestra estricta intimidad. Es un estado mental y anímico
generalizado que evoca al reinante en estados de guerra, de ante guerra o de
postguerra. Hasta el punto de que no se sabe a veces si son la sociedad, los
poderes públicos, los poderes médicos, las empresas, la justicia… los que han
enloquecido, o es uno mismo el que está en estado de schok. Sea como fuere lo cierto es que la lógica formal, la de toda
la vida, levantada sobre el silogismo clásico y académico, está “tocada”.
Personas que hemos sido durante casi un siglo juiciosas, razonables, serenas en
el pensar y sensatas en el actuar, nos vemos vacilando sobre esas virtudes o
cualidades personales nuestras, cada vez que nos asomamos al exterior.
Pandemias que parecen provocadas, vacunas que no lo son, contratos bilaterales
que técnicamente respondían a la autonomía de la voluntad convertidos en
contratos de adhesión, como antes decía, nos hace pensar si la “razón” que
impera no será consecuencia de la corrupción de la precedente o seremos
nosotros quienes estamos cazando moscas…
En todo caso da la impresión de que sin necesidad de un ser-robot concreto,
perfectamente localizado, revestido de inteligencia artificial, dirija nuestras
vidas, en el ambiente está que ya se ha perdido el control de muchas
situaciones y muchas cosas hasta ayer consideradas normales. Todo lo que tiene que
ver con la banca, con los seguros, con los pagos y los cobros, con los
tributos, con la medición, con la medicina cibernética que ha sustituido al
médico, a la intuición y sabiduría personal del galeno; todo lo que tiene que
ver con el Derecho, con los conceptos que encierran a su vez el sentido de la
equidad, prudencia, justicia, proporcionalidad, tacto… se han venido abajo,
reemplazados por la aridez del estropajo, de lo inerte y del disparate.
Aun así reconozco que hay agentes
bastante bien identificados que determinan y explican, siquiera
superficialmente, tal estado de cosas. Y me detengo ahora en uno sólo: en la
informática, la telemática y las nuevas tecnologías que parecen haber
transmutado los cerebros de quienes, siendo controladores suyos, las manejan y
a su vez son controlados por ellas. Por lo que la vida social y la individual
están absolutamente condicionadas por eso y por sus manejadores. Y las tres
están condicionadas a su vez por la “necesidad” del cambio permanente, el
cambio de la configuración de los sistemas y de las aplicaciones que sirven a
las nuevas utilidades. ¿Es normal que páginas y más páginas en una pantalla
hayamos de aceptar, más que firmar, para usar una aplicación? ¿Qué sentido
tiene que letrados del mundo redacten miles de frases que suponen condiciones
contractuales que nadie está en condiciones de pactar y negociar y nadie lee
-para qué? Es como si para entrar en un teatro o un café nos hiciesen antes
firmar las condiciones de estancia en el recinto.
Las personas, todo en realidad,
cambian, todo fluye, al decir de Heráclito. Ésa es la naturaleza de las cosas y
del ser viviente. Nada permanece. Pero muchos de los cambios de ahora son
forzados, artificiales y anticipados respecto al flujo natural evolutivo. No
son cambios naturales y al ser forzados imprimen un vértigo especial a todo
hecho social que repercute en el plano individual. Podría decirse que las
personas vivimos en un carrusel de feria que no se detiene nunca. Y quien se
agarra al cinturón de seguridad para no caerse, para desentenderse de todas las
cosas nuevas, existirá, pero moralmente estará muerto en vida si no se retira
al campo y cultiva su huerto, como hizo el Cándido
de Voltaire.
Al parecer, es imprescindible
actualizar constantemente los sistemas informáticos para esquivar ataques de
intrusos, piratas o hackers. Pero el caso es que todo está sumamente
involucrado con ello y el efecto inmediato en todo cuanto afecta a nuestra vida
cotidiana es la inestabilidad permanente. Eso es lo que nos hace ver el enloquecimiento
de la sociedad y nos hace dudar a veces de nuestra razón y buen juicio. Vivimos
en ese equilibrio marcadamente inestable y al mismo tiempo somos sus víctimas.
Pues nuestra estabilidad mental y emocional depende también de las
actualizaciones del sistema, debemos estar al día, qué digo, a la hora, de los
continuos cambios de las configuraciones y rutinas si no queremos vivir
aislados completamente de la vida ordinaria; en definitiva de la vida. Y eso
supone unos niveles de ansiedad notables y un desgaste psicosomático
considerable que, pasado el tiempo y haciendo balances, se comprobará que ha
hecho estragos en los humanos en proporciones más gigantescas que las que pueda
haber causado en la salud pública el virus del milenio. Y por supuesto quienes,
como digo, se esfuercen en librarse de ese vértigo pero no tengan a nadie a
mano a quien recurrir para que les ayuden, ya pueden ir despidiéndose de esta
vida.
Pero es que a todo ese batiburrillo
de cambios y de nuevos paradigmas se suman epifenómenos fruto de una evolución
que curiosamente, después de habernos quedado perplejos, siguen siendo
llamativos: las mujeres parecen los nuevos hombres, los niños parecen los
nuevos adultos, los hombres parecen los nuevos niños y los viejos un grave
estorbo a punto de ser perseguidos y abatidos…
Jaime Richart
4 Setiembre 2021