miércoles, 15 de septiembre de 2021

Los médicos

 El galeno, como el cura, el juez, el abogado, el hostelero o el banquerono está libre necesariamente de los posibles aspectos más sórdidos de la condición humana. Aceptar esta premisa es muy importante a la hora de evaluar lo que pueda haber pasado y pueda estar pasando acerca de la envergadura y gravedad que se ha venido propalando desde marzo de 2020 respecto a una pandemia, y luego también respecto a su controvertida defensa y prevención. Por otra parte vivimos tiempos en que, como nunca hasta ahora, repugnan el privilegio, la prerrogativa, la distinción, lo sacro. No queda nada que merezca tenerse por sagrado ni especialmente reverenciable o respetable por sí mismo. La veneración y la adoración, la creencia y la fe quedan relegadas exclusivamente para el pensar y el sentir de cada espíritu. Y el reconocimiento del valor del médico es una cuestión estrictamente personal. Pues, como en todas las profesiones y oficios, hay médicos impecables y médicos que no lo son. Los médicos forman un colectivo, y en todo colectivo hay de todo. Lo mismo puede decirse del farmacéutico, del biólogo, del epidemiólogo. Para el poeta y el sabio, todas las cosas son sagradas, todos los días son santos, todas las vivencias son útiles, todos los hombres son divinos, decía Paul Claudel. Pero, para los demás, para nosotros, comunes mortales, para quienes no somos ni poetas ni sabios, no hay intocables, los impecables, en cualquier actividad, son la excepción…

Quiero decir con esto que en la vida pública, por considerar al médico un personaje imprescindible en la sociedad actual, o no se habla de ellos -son intocables- o se habla con demasiada cautela, con demasiado respeto de los médicos, de la profesión médica. Se les excluye de la sospecha que viene planeando desde el pasado año sobre probables iniquidades cometidas en el mundo por algunos de esos profesionales y por otros profesionales de actividades cercanas de las que se valen, como la farmacéutica, la investigación, los laboratorios, la epidemiología y la biología. Y ese miedo, en parte, es porque se obvia la historia de la sociedad y del ser humano. Pues se olvida que a lo largo de los siglos, precisamente individuos dedicados a actividades y profesiones ungidas por el respeto público incondicional, aunque los casos fuesen excepcionales, han sido autores de las mayores abominaciones, grandes malhechores de la humanidad. Dado que la sociedad está estratificada y son varios los grados y niveles en que se ejerce el poder en todos los quehaceres y profesiones, magistrados, cardenales, arzobispos y obispos… y jefes” de equipos médicos en todas sus especialidades, han sido capaces de atrocidades bajo la capa de su amor por la ciencia, a su creencia o a su ideología. La historia está plagada de actividades monstruosas llevadas a cabo por gentes y prohombres de todas clases, empezando por los manejadores de las armas, los militares. Pero también, aunque mucho más coyunturalmente, por médicos, psiquiatras, biólogos más o menos sobresalientes a cuyas conductas presuntamente benefactorasFoucault dedica un fino estudio en  La vida de los hombres infames”.

 ¿Quiénes si no, con prácticas abominables colaboraron con los dictadores? ¿Quiénes si no, avalaron crímenes horrendos con sus certificados o los cometieron directamente con sus experimentos, ordenados o a iniciativa propia, en tiempos oscuros de dictaduras, fascismos y nazismos?

 Los médicos, parapetados en el halo de humanismo y bonhomía de los que el corporativismo y la propia sociedad les rodea, no permiten ser cuestionados. Tampoco lo permite el grueso de la sociedad. Aunque me consta que muchos ni lo han leído, se parapetan en el juramento hipocrático. Y los espíritus vulgares, agradecidos por la atención recibida de ellos, son incapaces de ver más allá de su agradecimiento, Sin embargo basta escarbar en la vida, en los datos, en los libros y en la historia, para descubrir que también fueron capaces de cualquier cosa en nombre de la ciencia médica o a causa de su desmedida ambición profesional. Y ahora también, ¿por qué no? capaces de reforzar los intentos de un puñado de humanos que hace mucho se extirparon la conciencia, para conseguir el saneamiento imposible de la economía mundial

Jaime Richart

15 Setiembre 2021

 

lunes, 13 de septiembre de 2021

Manifiesto contra la insensatez

 

Está llegando la situación a unos extremos que, a medida que se va desinflando el globo de miedo y de histeria hinchado a lo largo de casi dos años, la sociedad civil va a ir reaccionando en todas partes contra el poder político, el médico y el de los Laboratorios sobre todo, que están asfixiando a la ciudadanía.

 Pues está visto y comprobado que, a pesar del dramatismo que han imprimido y siguen imprimiendo los medios a sus comunicados y argumentos sobre la situación sanitaria, a los ciudadanos ya no les impresiona tanta aparatosidad desplegada con unas consecuencias casi triviales en comparación con las muchísimas causas de enfermedad y de muerte y la desatención que sufren tantos pacientes por prestársela excesiva a los del virus de moda. 90.000 fallecidos, sin autopsias por medio, en casi dos años, es un número en cierto modo irrelevante al lado de los fallecidos por enfermedades respiratorias, cardiovasculares, cáncer, y de toda clase. El caso es que la ciudadanía se siente cada vez menos concernida por la permanente alarma sobre un virus de cuya “realidad” depende de la escasa confianza que tiene en sus gobiernos hasta el punto de sospechar la patraña. Cada día son más los indiferentes a las causas, próximas o remotas, de una situación que roza el esperpento. Cada día cree menos en una enfermedad que no sea otra más (y ésta no tan mortal como quiere hacérsenos creer), de las muchas que forman parte del vivir. Cada día cree menos en las explicaciones peregrinas que  inducen a las mentes a justificar la inoculación en el cuerpo de la gente un suero experimental que no desean recibir, bien porque va contra la naturaleza de unas personas o porque simplemente ven en ello un grave peligro, a la corta o a la larga, para su salud precisamente. Cada día la ciudadanía teme más que, pasado el tiempo, semejantes sueros provoquen alteraciones graves orgánicas y neuronales. Cada día recuerda más los engaños de que es capaz el poder, y en este caso varios poderes concertados.

 ¿Les parecen a esos poderes estas razones insuficientes o poco consistentes? Pues si es así, si van a seguir apretando las clavijas a la población de todos los países, tarde o temprano van a tener que vérselas con los ciudadanos en las barricadas de todo el mundo.

 Ahora, en relación al asunto voy a mi actitud estrictamente personal…

 En primer lugar tengo un sistema inmunológico impecable. En segundo lugar, nunca he contraído una enfermedad vírica salvo una gripe hace 40 o 50 años. En tercer lugar, a mis hábitos saludables añadí una alimentación equilibrada. Soy sobrio por naturaleza. Y por último, si a pesar de todo contrajese la dichosa enfermedad, estoy convencido por lo dicho de que saldría adelante. Pero si falleciese a causa de ese real o supuesto y maldito virus, a mis años 83 años me es indiferente irme a la otra vida por ésta o por cualquier otra causa. Y por eso, en modo alguno lamentaría no haberme sometido a la insensatez de quienes, con muchas probabilidades, han puesto en marcha un engranaje de ambición y perversidad combinadas con altas dosis de histeria y de estupidez...

 Razones más que bastantes para no estar dispuesto a correr ningún riesgo, por pocos que sean, y mínimo el de fallecimiento,  permitiendo la inoculación en mi cuerpo de un suero experimental que llaman torticeramente vacuna; un suero cuyos efectos letales en numerosos casos repartidos por todo el planeta son conocidos por quienes no nos ceñimos a la información/desinformación de la cocina de los noticieros nacionales.

 Por otra parte me parece otra insensatez haber empezado a inyectar esos sueros en personas mayores, a las que los médicos consideran más vulnerables. Pues siendo vulnerables y precisamente por serlo, más probabilidades hay de que sufran los efectos funestos de la pócima en organismos ya quebrantados por la salud o por la edad. Si bien, en la mayoría de los casos, esos efectos no se conocerán, pues, como decía Chesterton, los periódicos -luego los medios- se inventaron para conocer la verdad, y más adelante se utilizan para ocultarla.

 Pero es que tampoco creo, ni mucho menos, que sea yo el único en percibir de este modo el asunto. Estoy convencido de que ha de haber millones y millones en el mundo que discurren y sienten como yo

 Jaime Richart

12 Setiembre 2021

sábado, 11 de septiembre de 2021

La Nueva Vida


 El Nuevo Orden Mundial es un orden dispuesto por el enloquecimiento. Para qué andarse con eufemismos, por la locura. Un nuevo orden que se caracteriza por muchas cosas, y según para quién la mayoría de ellas  funes­tas salvo para sus fautores. Pero hay especialmente una sociedad, la española, que nunca fue compacta ni homogénea, y en estas condiciones las disensiones se agravan aún más porque bastantes de ellas son  transversa­les. Quiero decir que podemos estar contra las vacunas y las tesis sanitarias de los gobiernos, y lo estamos, y sin embargo estar tanto o más en contra de la derecha y de la ultraderecha de todas partes y por supuesto de España, que a su vez están en contra de éste y de todos los gobiernos. Después de su Siglo de Oro España fue la apoteosis de la incivilidad fomen­tada, atizada por sus dirigentes religiosos y políticos. Su historia, a partir de la progresiva pérdida del Imperio y de sus colonias, no ha dejado de ser jamás un continuo de múltiples divisiones por unos o por otros moti­vos, pero siempre por la hostilidad atroz del catolicismo hispano  con­tra musulmanes, ateos y agnósticos reales o inventados; hostilidad que ha llegado siempre hasta el desgarro...

 Pero es que a la eterna y profunda división de clases sociales y a la reli­giosa y a la política y a la territorial casi ancestrales, a partir del toque de queda en marzo de 2020 se han sumado,la enemiga entre los ilusos y los maliciosamente llamados “negacionistas”, y a continuación el enfrenta­miento entre los entregados sumisamente a ellas, y los refractarios a las vacu­nas. Pero, por si fuera poco el encono, n hay otras tres que no tienen nada que ver con religión ni con sanidad que por eso sí pudiéramos llamar divisiones neutras, pero si mucha artificiosidad y prosopopeya: por un lado, la de un feminismo tardío que a falta de altas miras, a buena parte de la sociedad mayor y madura se nos antoja mucho más un asunto de oportu­nismo y de capricho; por otro, la de un manifiesto desdén por lo que hasta ayer fue cultura, y por otro, la de un torpe maltrato del idioma castellano.

 En cuanto al feminismo particular sin causa, mejor dejarlo aparte y no pres­tarle atención pues tiene mucho de mentes tediosas y enfermizas. En cuanto al disgusto por la cultura lo relaciono, como ejemplo y síntoma,  con el desconocimiento de los alumnos en general que s adelante serán adultos, de la tabla de multiplicar y con su ignorancia del número y de la aritmética más allá del dígito y del algoritmo. De ahí su ignorancia de las medidas de peso, de volumen, de capacidad, de superficie y de distancia, etc. No son pocas las veces que al entrar en un Café y pedir (intencionada­mente) a alguien joven o no tan joven, una botella de medio litro me res­ponda: no tengo, y cuando le digo que traiga lo que tenga, me trae una botella de 50 centilitros, que es ni más ni menos medio litro. Y en cuanto al maltrato del idioma, se manifiesta en el desprecio desafiante de la orto­grafía en un idioma como el español, hablado por más de medio millón de millones, por cierto cada vez más anglosajonizado. Y es que estas generacio­nes de maestros y alumnos, de planes de enseñanza que se cuen­tan hasta ocho en cuarenta años, parecen preguntarse, ¿para qué matemáti­cas y aritmética, para eso están las calculadoras y la wikipedia? Un lema del 68 en Francia a menudo se veía en la parte trasera de los coches: “Si parece cara la cultura, cultivemos la ignorancia”.

 Pero lo que es peor es el desdén de los poderes públicos, de los partidos y de los representantes de la cultura hacia el pensamiento filosófico que lo ilumina todo sin saberlo el individuo y mucho menos las masas. Las gran­des transformaciones de las sociedades vinieron fermentadas por las ideas de quienes pensaron a veces siglos antes preparando su digestión  a los pue­blos. El pensamiento filosófico, y luego el sociológico y el antropoló­gico, por caminos divergentes al religioso, alumbran afablemente, no traumáti­camente como el religioso del pasado, los significados y conceptos esenciales de las relaciones humanas: prudencia, recato, pudor, tacto, evolu­ción, cinismo, hipocresía, amor, término medio, discreción, compro­miso, amistad, provocación, cordialidad, afabilidad…  y un sinfín de pala­bras cuya etimología se ubica en el pensamiento griego de la Antigüedad. Palabras que luego, con el paso de los milenios, han ido facilitando el en­lace espiritual, anímico y mental entre padres e hijos, entre generaciones y en general entre todas las personas a través de una lógica formal que es ni más menos el método o razonamiento en el que las ideas o la sucesión de los hechos se manifiestan o se desarrollan de forma coherente y sin que haya contradicciones entre ellas (y ello pese a que fuese contestado por las subsiguientes generaciones hasta hace poco, el directo y habitual signifi­cado semántico a menudo impregnado en espiritualidad o de religiosidad, de las ideas religiosas y teológicas). Palabras que por sí mismas expresan con precisión cualidades, disposiciones y estados de ánimo que aproximan o alejan en su discurrir y sentir a dos interlocutores, a padres e hijos o a los componentes de la pareja. Pero respecto a las que en absoluto nadie se atrevía a rechazar, cuestionar o discutir. Ahora sí. Todo se rechaza o ningu­nea…

 El empobrecimiento del lenguaje, como consecuencia de lo dicho es un hecho comprobable e incluso medible. Apenas oigo, ni siquiera a profeso­res o políticos, apartarse un ápice de una palabra que circula sin entorpeci­miento alguno por las anchas autopistas de la comunicabilidad.  ¿Habéis oído aparte de la palabra alucinanteotra tan equivalente y expresiva, co­mo asombroso, deslumbrante, sorprendente, chocante o inaudito? ¿Habéis oído a alguien que, para responder con su aprobación, sincera o cortés, a lo que acaba de escuchar a otra persona no diga: “¡genial!”, sin ocurrírsele (si es que las conoce) tantas palabras que expresan el mismo entusiasmo o aproba­ción como estupendo, espléndido, magnífico y hasta 23 sinónimos más? Pero no. Nunca oiréis ninguna otra expresión, ni seria ni jocunda, que no sea esa tan manida de “genial” .¿Habéis oído a algún político que, pudiendo elegir entre esta nómina de sinónimos: irrecusable, elocuente, convencedor, persuasivo, lido, bien fundado, conclusivo, concluyente, consistente, decisivo, definitivo, lapidario, perentorio, persuasor, terminante, vigoroso, abductivo, enjundioso, inconcuso o suasorio, decir alguna vez otra palabra para hacerse persuasivo que no seacontundente?

 Oigo metódicamente a comunicadores periodistas convertir el adjetivo plu­ral en adjetivo singular y aún más a menudo convertirlas en adverbio. Retransmitiendo un partido de tenis se oye decir: “…esos golpes son mu­cho más “difícil”…”. Lo que significa que en las Escuelas de Periodismo ya oían y oyen hablar así de mal a sus maestros. Y si me pongo a enumerar ataques concienzudos a la sintaxis, a la prosodia y a la gramática por parte de licenciados y voces públicas que lucen pimpantes títulos y másters”, terminaría pensando que sería más productivo escribir un libro, editarlo e intentar ir a la televisión a promocionarlo sin ninguna posibilidad, porque en la televisión y sus platós sólo publicitan los libros y productos comercia­les sus periodistas copando posibles puestos de trabajo. En la Nueva Vida todo vale, menos descuidar la mascarilla y huir de las vacu­nas, rechazarlas o negarlas. Pero estos “sacrificios lingüísticos” por “el bien de España” y de la lengua castellana que practican tantos personajes públicos que debieran dar ejemplo, son de poco fuste en comparación con el número de las barbaridades y los desatinos repartidos por todos los pla­nos de la realidad postmoderna que propagan los poderes públicos y los grandes emporios que se están cargando a la población del mundo y al pro­pio planeta, mientras nosotros, crédulos, ilusos, simples, celebramos y disfru­tamos como pardillos un nuevo orden mundial y una Nueva Vida en la que ya ni tiene sentido, porque sus palabras hoy ya ni se comprenden, de los cincuenta o sesenta años de edad para abajo, este bello epigrama del antiguo poeta Marcial

La buena vida es, para mí,

Dejar volar lo que se fue

Saber sembrar la mejor vid,

Dar amistad sin ofender,

Sin más gobierno que el del alma,

Con la mente limpia y siempre en calma,

Sabiduría y simplicidad,

Saber dormir sin ansiedad,

La mente en calma

 Como dice Christophe Clavé: “no solo se trata de la reducción del vocabula­rio utilizado, sino también de las sutilezas lingüísticas que permi­ten elaborar y formular un pensamiento complejo. La desaparición gradual de los tiempos (subjuntivo, imperfecto, formas compuestas del futuro, partici­pio pasado) da lugar a un pensamiento casi siempre al presente, limi­tado en el momento: incapaz de proyecciones en el tiempo. Menos pala­bras y menos verbos conjugados implican menos capacidad para expre­sar las emociones y menos posibilidades de elaborar un pensamiento. Los estudios han demostrado que parte de la violencia en la esfera pública y privada proviene directamente de la incapacidad de describir sus emocio­nes a través de las palabras. Y es que sin palabras para construir un razona­miento, el pensamiento complejo se hace imposible”.

 Jaime Richart

10 Setiembre 2021

 

viernes, 10 de septiembre de 2021

¿Negacionistas?




El reduccionismo y la simplificación es lo que caracteriza a las personas poco inteligentes y maliciosas. Reduccionismo y simplificación es lo que hacen lo médicos, los periodistas y los políticos del régimen. El reduccionismo y la simplificación aplicados al odioso asunto del virus es llamar negacionistas a todos cuyo discernimiento no está, ni con el relato del episodio epidémico ni con la aplicación de un suero que llaman vacuna, cuando para ser considerado así un preparado se necesitan muchos años de verificación de su eficacia. Negacionistas” serían exclusivamente quienes niegan sin pruebas la acción patógena de un determinado microorganismo. Pero en los mismos términos desprovistos de evidencias que el poder médico-farmacéutico y el político afirman, sin aportar evidencias más allá de síntomas respiratorios y fallecimientos que lo mismo se pueden atribuir a unas causas que a otras, que la salud de la humanidad está embargada por ese microorganismo que los otros ni afirman ni niegan…  Porque la inmensa mayoría de los ciudadanos de todo el mundo que se rebelan contra los poderes médico-farmacéutico y político no son ni dejan de ser negacionistas. Simplemente basan su reacción en una absoluta desconfianza, tanto en los médicos como en los farmacéuticos y sus Laboratorios, como en los políticos                                                                                                                                     

 Así es que mientras sigan llamando negacionistas a quienes no lo somos, no harán más que confirmar más y más la prueba de su estupidez, de su falta de inteligencia y de su malicia, sea esta voluntaria o impuesta.

 En Francia la ciudadanía inunda pero no incendia las calles, pues el pueblo francés está acostumbrado a medir sus reacciones mucho más que el español atizado por quienes desde la sombra inducen y pagan para sacar las manifestaciones de su quicio... Por eso se ven centenares de miles de franceses revolverse contra este estado de cosas y la policía actúa con la proporcionalidad posible.

 Para terminar. Mi razón, y la de millones de ancianos en el mundo, para no responder en absoluto a las directrices de la oficialidad son muy simples. Los mayores, ante una enfermedad que además no es necesariamente mortal, tememos mucho más a un ictus, a una cirrosis, a un infarto o a un cáncer de colon que a una gripe y por supuesto que a una enfermedad respiratoria cuya prevención radica fundamentalmente en dotarse de un buen sistema inmunológico a través de hábitos saludables y una alimentación equilibrada, y por supuesto también en evitar la promiscuidad en el trato social

Jaime Richart

10 Setiembre 2021

 

domingo, 5 de septiembre de 2021

El sentido de la vida “reseteada”

 Es una cuestión que va mucho más allá de la subjetividad individual, aunque por inevitable la subjetividad no hay más remedio que aceptarla...

 

 Creo que la sociedad de occidente de alguna manera ha enloquecido. Enloquecer es perder una persona el juicio, la razón, la sensatez. Pero ¿qué son el juicio, la razón, la sensatez? Tres palabras que a su vez piden definición. Por lo que una de dos, o nos atenemos al significado más académico y filológico que supondría un acuerdo universal sobre lo que es juicio, razón y sensatez, o inventamos nuevos significados para las tres palabras. En todo caso se supone que juicio, razón y sensatez sería el modo de razonar de la inmensa mayoría de acuerdo a la diagnosis de un psiquiatra. Pero resulta que esto también es cambiante. Foucault, en su obra “La historia de los hombres infames” refiere multitud de casos de pérdida de la razón registrados en las Casas de Salud francesas. Pondré ahora dos ejemplos de lo que en aquellos tiempos se entendía por locura:

“Mathurin de Milan, ingresó en el Hospital de Charenton el 31 de agosto de 1707:

“Su locura consistió siempre en ocultarse de su familia, en llevar una vida oscura en el campo, tener pleitos, prestar con usura y a fondo perdido, en pasear su pobre mente por rutas desconocidas, y en creerse capaz de ocupar los mejo­res empleos”.

  En los historiales de Saint-Lazarese se habla de un hombre que fue encerrado por haber declarado “empleando un tono profético, que la misa no es un sacrificio, sino un sacra­mento”.

 La equivalencia entre fanatismo y locura que per­mitían encerrar sin juicio a los “culpables” en casa de in­ter­namiento” es toda una antología acerca del binomio locura/cordura en todos los tiempos. También los de ahora en muchos casos particulares en los que previo juicio, eso sí, se encierra no en Centros para locos sino en la cárcel, a ciudadanos que no se expresan según el “razonar” de algunos jueces y psiquiatras. La cuestión es que la razón, la cordura y la locura dependen de la época en que se consideren y de quienes se arroguen el derecho a interpretarlas y definirlas…

 Llegado a este punto y puesto que hablamos de razón, cordura y desvarío, estamos en tiempos en que las palabras y los hechos dimanantes de los poderes públicos y de las nuevas tecnologías, parapetados en una pandemia planetaria, están virando los significados. Y al igual que en los ejemplos citados, el vocabulario de muchos de ellos tanto en el “habla” del derecho, de la medicina tan cercana a la vida cotidiana por efecto de la pandemia y de las nuevas tecnologías han sufrido un vuelco que, permítaseme la expresión, pone patas arriba las entendederas de gran parte de la sociedad. Y no sólo el “habla”, sino también los mecanismos interpretativos del derecho y de su práctica “normal”. En la práctica, por ejemplo, los contratos bilaterales entre particulares y empresas de servicios de distintas clases, desde las plataformas televisivas hasta los contratos de seguro, poco a poco se están convirtiendo ladinamente en contratos de adhesión, como lo son en la práctica los del suministro de bienes básicos, como el agua y la luz.

 De modo que al hilo de la palabra “enloquecer” es preciso ponerse antes de acuerdo sobre la definición y sentido de los vocablos juicio, razón y sensatez, que encajen en ese nuevo paradigma envuelto en lo llamado “reseteo” o “nuevo orden mundial” y de paso se vayan alojando en el discernimiento de los jueces.

 Desde luego, por todo lo dicho, debemos ser no ya millones sino miles de millones en el planeta quienes no entendemos nada de lo que sucede y nos sucede cada día en cuanto traspasamos las paredes de nuestra estricta intimidad. Es un estado mental y anímico generalizado que evoca al reinante en estados de guerra, de ante guerra o de postguerra. Hasta el punto de que no se sabe a veces si son la sociedad, los poderes públicos, los poderes médicos, las empresas, la justicia… los que han enloquecido, o es uno mismo el que está en estado de schok. Sea como fuere lo cierto es que la lógica formal, la de toda la vida, levantada sobre el silogismo clásico y académico, está “tocada”. Personas que hemos sido durante casi un siglo juiciosas, razonables, serenas en el pensar y sensatas en el actuar, nos vemos vacilando sobre esas virtudes o cualidades personales nuestras, cada vez que nos asomamos al exterior. Pandemias que parecen provocadas, vacunas que no lo son, contratos bilaterales que técnicamente respondían a la autonomía de la voluntad convertidos en contratos de adhesión, como antes decía, nos hace pensar si la “razón” que impera no será consecuencia de la corrupción de la precedente o seremos nosotros quienes estamos cazando moscas…

En todo caso da la impresión de que sin necesidad de un ser-robot concreto, perfectamente localizado, revestido de inteligencia artificial, dirija nuestras vidas, en el ambiente está que ya se ha perdido el control de muchas situaciones y muchas cosas hasta ayer consideradas normales. Todo lo que tiene que ver con la banca, con los seguros, con los pagos y los cobros, con los tributos, con la medición, con la medicina cibernética que ha sustituido al médico, a la intuición y sabiduría personal del galeno; todo lo que tiene que ver con el Derecho, con los conceptos que encierran a su vez el sentido de la equidad, prudencia, justicia, proporcionalidad, tacto… se han venido abajo, reemplazados por la aridez del estropajo, de lo inerte y del disparate.

 Aun así reconozco que hay agentes bastante bien identificados que determinan y explican, siquiera superficialmente, tal estado de cosas. Y me detengo ahora en uno sólo: en la informática, la telemática y las nuevas tecnologías que parecen haber transmutado los cerebros de quienes, siendo controladores suyos, las manejan y a su vez son controlados por ellas. Por lo que la vida social y la individual están absolutamente condicionadas por eso y por sus manejadores. Y las tres están condicionadas a su vez por la “necesidad” del cambio permanente, el cambio de la configuración de los sistemas y de las aplicaciones que sirven a las nuevas utilidades. ¿Es normal que páginas y más páginas en una pantalla hayamos de aceptar, más que firmar, para usar una aplicación? ¿Qué sentido tiene que letrados del mundo redacten miles de frases que suponen condiciones contractuales que nadie está en condiciones de pactar y negociar y nadie lee -para qué? Es como si para entrar en un teatro o un café nos hiciesen antes firmar las condiciones de estancia en el recinto.

 Las personas, todo en realidad, cambian, todo fluye, al decir de Heráclito. Ésa es la naturaleza de las cosas y del ser viviente. Nada permanece. Pero muchos de los cambios de ahora son forzados, artificiales y anticipados respecto al flujo natural evolutivo. No son cambios naturales y al ser forzados imprimen un vértigo especial a todo hecho social que repercute en el plano individual. Podría decirse que las personas vivimos en un carrusel de feria que no se detiene nunca. Y quien se agarra al cinturón de seguridad para no caerse, para desentenderse de todas las cosas nuevas, existirá, pero moralmente estará muerto en vida si no se retira al campo y cultiva su huerto, como hizo el Cándido de Voltaire.

 Al parecer, es imprescindible actualizar constantemente los sistemas informáticos para esquivar ataques de intrusos, piratas o hackers. Pero el caso es que todo está sumamente involucrado con ello y el efecto inmediato en todo cuanto afecta a nuestra vida cotidiana es la inestabilidad permanente. Eso es lo que nos hace ver el enloquecimiento de la sociedad y nos hace dudar a veces de nuestra razón y buen juicio. Vivimos en ese equilibrio marcadamente inestable y al mismo tiempo somos sus víctimas. Pues nuestra estabilidad mental y emocional depende también de las actualizaciones del sistema, debemos estar al día, qué digo, a la hora, de los continuos cambios de las configuraciones y rutinas si no queremos vivir aislados completamente de la vida ordinaria; en definitiva de la vida. Y eso supone unos niveles de ansiedad notables y un desgaste psicosomático considerable que, pasado el tiempo y haciendo balances, se comprobará que ha hecho estragos en los humanos en proporciones más gigantescas que las que pueda haber causado en la salud pública el virus del milenio. Y por supuesto quienes, como digo, se esfuercen en librarse de ese vértigo pero no tengan a nadie a mano a quien recurrir para que les ayuden, ya pueden ir despidiéndose de esta vida.

 Pero es que a todo ese batiburrillo de cambios y de nuevos paradigmas se suman epifenómenos fruto de una evolución que curiosamente, después de habernos quedado perplejos, siguen siendo llamativos: las mujeres parecen los nuevos hombres, los niños parecen los nuevos adultos, los hombres parecen los nuevos niños y los viejos un grave estorbo a punto de ser perseguidos y abatidos…

 Jaime Richart

 4 Setiembre 2021

 

 

viernes, 3 de septiembre de 2021

La inteligencia colectiva y la tauromaquia

 La inteligencia colectiva es una forma de inteligencia que surge de la colaboración de diversos individuos generalmente de una misma especie, en relación a un tópico en particular. También es aquélla que desde el anonimato y siempre estando lejos del poder, del gobernar y del reinar, una serie de individuos van aportando su grano de arena empujando en contra de la inercia de las estructuras establecidas. Un ejemplo de ellos es la gigantesca y gratuita wikipedia, la cual se presenta como “la enciclopedia de contenido libre que todos pueden editar”. Implica la ruptura silenciosa con dichas estructuras y con la jerarquía e impulsan el progreso en distintas direcciones.

 Pero yo ahora no me refiero a esos dos enfoques. Ahora pienso en el concepto más gaseoso de la inteligencia en general, la del grupo. Esa detectable en una comunidad de vecinos, en una sesión municipal, en una asamblea, en una comisión parlamentaria, en el encuentro de personajes políticos en un parlamento, o en la que puede distinguirse, en términos comparativos, entre colectividades completas de un mismo país o de países diferentes. Y en este aspecto aprecio en grupos o masas de individuos que, desde el punto de vista más objetivamente posible, en la suma de las inteligencias individuales preponderan unas veces las iniciativas y soluciones más lógicas, más válidas, más éticas, más equitativas, más provechosas para todos y más certeras de acuerdo al buen sentido y sensibilidad, y otras veces deciden las contrarias. 


 Me refiero a esa clase de inteligencia imprecisa pero que todos entendemos y reconocemos en unas masas humanas más y en otras menos, en función de su facilidad para el diálogo social, para llegar a acuerdos, para encontrar soluciones de todas clases facilitando y haciendo amable con ello la convivencia; desde los aspectos más técnicos hasta los psicológicos que de algún modo sugieren un determinado grado de inteligencia, y por qué no también, de “felicidad” colectiva. Esa inteligencia que gracias a ella nos permite viajar en coche por toda la Vieja Europa prácticamente sin tener que preguntar, mientras que en España hay peligro de perderse en cuanto uno sale de autopistas…


 Desde luego puede darse por sabido que las conversaciones entre amigos y conocidos, esas charlas sociables y “sociales”, suelen plantearse y desarrollarse al nivel del o de los menos lúcidos de los presentes. De igual modo, en las deliberaciones colectivas de toda clase, raras veces no preponderan iniciativas y decisiones “interesadas” para uno o varios de los que buscan sobre todo, bien su provecho personal, el de un grupo, el de un sector o el de un segmento social más o menos amplio o reducido. Son pocos los casos en que el paso del tiempo, de mucho tiempo, no es la única esperanza de los espíritus superiores en presenciar la elevación global de la sociedad a la que pertenecen; sea en la superación de prejuicios graves, sea en la superación de tendencias ideológicas odiosas, como el fascismo o el nazismo, sea en las costumbres semi salvajes, como el espectáculo de los Toros cuyo epicentro de primitivismo se encuentra no tanto en el matar a un animal que de todos modos habrá de ser muerto, como en el hecho de concentrarse las masas para presenciar su tortura y muerte. Como, desde el punto de vista cualitativo, lo sería congregarse miles de personas en el matadero para presenciar cómo el matarife mata a una res o cualquiera mata sofisticadamente a una mosca…


 La tauromaquia, como toda costumbre racional y objetivamente indeseable, se puede erradicar de dos maneras: mediante su prohibición, como se prohibió tirar a una cabra desde un campanario, o, para no causar estrago en sus cultivadores, dejándola morir, suprimiendo el Estado las ayudas públicas. 


 Por ejemplo, la inteligencia colectiva que se impone en el ayuntamiento de Gijón, Asturias, suprimiendo recientemente la tauromaquia en el municipio está por encima de la inteligencia del resto de municipios españoles que todavía no ha pasado el umbral de resistencia a una costumbre que ya no encaja en el siglo XXI. La tauromaquia pudo ser un bien cultural cuando el raciocinio colectivo, como en tantísimas otras cosas en todas partes, era todavía rehén de la época y de la historia. Pero ya no es un “bien”, es un lastre cultural, un peso muerto social. Los argumentos que manejan sus partidarios son asimismo insostenibles. Como lo fueron en otros casos cuando los interesados en su continuidad defendían el espectáculo de gladiadores, o, por motivos varios, más adelante se oponían a la abolición de la esclavitud.


 Si la tauromaquia no es prohibida directamente por los poderes públicos para no causar demasiados estragos, y por consiguiente sigue en el territorio del Estado español, los interesados en su continuidad ¿no debieran valerse de sus propios medios y sus propios recursos? Porque la lógica del milenio es la de que en absoluto debe seguir promocionada, protegida y subvencionada con fondos públicos, y en consecuencia por la sociedad española en su conjunto. Como en el mundo es deseable el fin de la ablación del clítoris y otras prácticas ancestrales también relacionadas con culturas particulares que ahora resultan salvajes para cualquier discernimiento y sensibilidad, incluso del montón…


 Jaime Richart

 Antropólogo y jurista

 2 Setiembre 2021